Les hablo a ustedes
Les hablo a ustedes, tan míos, tan salidos de mis manos y de mi aliento, el mismo aliento con el que fueron puestas en marcha todas las fuerzas del universo, y el verde de los tréboles. Les hablo porque así me ha gustado desde siempre, porque ser amor se trata precisamente de hacerles saber y sentir que son amados, y eso es imposible sin cercanía, sin proximidad, sin una voz que atraviese el aire para recordarles que son grandiosos.
De esa cercanía está hecha toda alianza, al menos conmigo. No hay pacto con un interés distinto a la comunión, a la intimidad. Y por eso cada cosa que hacen en orden a ponerse cerca de mí, debería tener por propósito descubrir que somos familia, que tenemos el más cercano de los parentescos, que nos pertenecemos.
Te hablo a ti, porque todo lo tuyo me es conocido, porque de todo lo que te interesa tomo atenta nota, porque no olvido una sola de tus búsquedas y esfuerzos, pues, como tantas veces y de tantos modos distintos te lo he dicho: si es importante para ti, es importante para mí. Especialmente cuando lo importante para ti, son otros como tú. Son gente y no cosas. Son personas con nombre y ojos de tal o cual color, más que deseos tan comunes y uniformes, que tal vez no sabes como llegaste a desear.
Los tuyos, nunca lo olvides, son míos también. Los conozco, los entiendo, los veo más y mejor que tú. Y tengo tanto interés como tú en que estén bien, crezcan, sean libres, y plenos, y felices. Los he visto también cuando tú no estabas, y llevo tatuados en mis manos sus nombres. Te digo esto para que confíes en mí, y al confiar tengas paz, y al tener paz puedas ser luz.
Me pides por ellos y puedes contar con que voy a cuidarles, acompañarles, voy a estar ahí en cada resplandor y en cada sombra; pues son familia mía también. Pero hoy yo soy quien te pide a ti por ellos...
Sé que estás pensando: "bueno, pero alguien ha escrito esta carta", ¡claro! ¿Cómo más iba a suceder, esta o cualquier otra de mis palabras hacia ti?, si desde el inicio he contado con ustedes, he querido amarlos a través del amor de ustedes, he esperado que seas tú para ellos, todo eso que me pides.
¿Qué quiero? Que les aceptes, sin intentar volverlos algo distinto a lo que son, a lo que hice, a lo que les di. ¿Que espero? Que los acojas siempre, que en tu abrazo encuentren la certeza de un amor capaz de asegurarles siempre, más allá de toda apariencia, que merecen ser queridos, que necesitan ser reconocidos, y que pueden ser perdonados. ¿Qué te pido? Que los ames, que te entregues hasta el extremo por su alegría y por su paz, que te conviertas en sustento, en abrigo, en hogar, en guía, en silencio capaz de afirmar que estoy allí siempre.
También yo soy madre, padre, amigo, hermano, pareja, hijo, abuelo... Pues cuando cada una de esas palabras encierra el deseo de que el otro se sienta querido y cuidado, cuando tras esas palabras hay lealtad y servicio, cuando en cada vínculo el otro importa más que el propio ego, allí es mi casa, mi iglesia y mi vida.
Allí les espero, allí es donde sellamos nuestra alianza, allí es donde ustedes son mi pueblo, y yo soy su Dios.
Abbá.
(Carta escrita en 2019 para el Retiro Digital "Hechos para el Camino" del Equipo Bartimeo)
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