Domingo de Ramos


Finalmente el incendiario carpintero decide llegar al centro de su mundo y quemarlo por completo. Había entendido que debía a prenderle fuego y no hacía más que anhelar que ardiera. El carpintero no evita la fatalidad de sus convicciones, no negocia, no busca una tercera vía, el carpintero sabe que no hay posibilidades de diálogo entre el mundo y el amor, entre el hombre viejo y el nuevo que quiere abrirse paso hacia la plenitud sin pagar peaje alguno. El carpintero es libre, no tiene miedo ni segundos intereses, no le interesa su popularidad y, lejos de convencerse de su propio poder tras haber visto toda clase de maravillas obradas por sus manos, sabe que el verdadero poder está en ponerse de último y servir. Por eso entra en Jerusalén, atraviesa sus murallas y no se detiene a firmar autógrafos o tomarse fotos con los fans… sino que va al templo, va al encuentro de los saduceos, al encuentro de los fariseos, va con sus palabras y sus ojos encendidos, llegó la hora de mandar a la mierda a todo aquel que en nombre de “DIOS” pretenda someter a la esclavitud el corazón del hombre, y bajo una supuesta voluntad encarcelada en textos interpretados a su acomodo, quiera poner la institución, o la ley, o la sacralidad por encima del hombre y la mujer que buscan al invisible y eterno.

dios le aguarda detrás del velo del templo…

Es hora de que sea el hombre el que haga su creación…

La gente que sale a las calles de la Jerusalén asesina (ayer y hoy) no quiere saber de salvación, no quiere saber de dar la vida, ni de pagar el precio con sangre, no quieren saber que de nada valen los corderos y las palomas que sacrifican en el atrio del templo. Sólo quieren armar escándalo, la gente es ridículamente escandalosa, y sin saber lo que dicen le gritan Hosanna al carpintero que viene a poner contra la pared la misma religiosidad que los ha puesto ahí en la calle con esas palmas en las manos. Éste no es el rostro del hombre feliz que cantó las bienaventuranzas en la montaña de Galilea, éste es el ceño fruncido del que ya no soporta más ver como se juega con el nombre de su padre y se le convierte en un títere patrocinador del sufrimiento humano, que a cambio de sangre y denarios promete perdón y prosperidad. Éste es el rostro que se muerde los labios mientras va construyendo en su mente la imagen de los viñadores que asesinan al hijo y se quedan con la viña. Es el rostro severo del carpintero que no hará promesas ilusas a sus discípulos, sino que les amará hasta el extremo.

Quiero pensar en ese rostro el día de hoy, no quiero un Jesús entrando en hombros de Pedro y Juan, que a los dos días de estar en la city cambia de plan, quiero pensar en el hombre determinado, inevitable, en el hombre que compromete hasta lo más íntimo de su ser y con los ojos fijos hacia el templo decide destruirlo y volver escombros al hombre viejo, y al DIOS viejo en el que ese hombre creía.

Así, fuera mi camisa y que le sirva de tapete al carpintero valiente, que con su llama encendió algo en mi corazón, un domingo de abril hace ya 19 años.

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