Jueves Santo
Todos hemos perdido alguna vez algún amigo. Amigos se van, amigos dejan de serlo, amigos se convierten en adversarios, y son pocos los que logran como el filósofo, convertir al enemigo en amigo, porque en no pocas ocasiones pasa lo contrario. Amigos se pierden en los vericuetos de la vida y algunos en los laberintos de la muerte, cierran sus ojos para ya nunca abrirlos más delante de nosotros.
El carpintero ha llegado a este día rodeado de amenazas y evadiendo pedradas. De alguna manera lo ha rodeado esa porción de humanidad que le ha creído. El día más importante del año ha llegado y no hay nada mejor que poder celebrarlo con los que han estado junto a uno en las pruebas. Son, de alguna manera, molestos esos que se aparecen en las fechas especiales y que no tienen en realidad nada que ver con uno. Los amigos están en la casa, están los alimentos y están las canciones en la boca de todos. “Echó a la mar los carros del faraón” y “que digan los israelitas: su amor eterno es”… o más exactamente “mijhamojha ba’elim adonai, mijhamojha nedar bar’kodesh, norah tejillot, oseh pfeleh” (quién cómo tú Señor entre los dioses, quién como tú señor, grande en santidad, hacedor de prodigios, y creador de las maravillas, quién como tú)… Mientras Moisés toma el cayado y sale de Egipto, el carpintero se ciñe una toalla y lava los pies de los discípulos, toma el pan y lo parte, toma el vino y lo entrega, por todo da gracias. Y habla…
Palabras más profundas y llenas de verdad jamás oí. Palabras más poderosas no han sido pronunciadas. “Crean también en mí. Ustedes son mis amigos. No los llamo siervos, sino amigos. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos… quiero que su alegría sea completa” las miradas de los amigos recorren el lugar sin ver las paredes, las miradas atraviesan los muros y vuelven a los caminos, los valles, las montañas, las casas, las plazas, los lugares en donde les estalló la dicha en las manos con los nuevos ojos del ciego, la nueva piel de los leprosos, la nueva vida del pequeño de Naím, el nuevo vientre de la mujer enferma, los bolsillos nuevos de Zaqueo y el olor nuevo de los amaneceres de Lázaro. Huelen un aroma de victoria y ya no tienen en la boca el sabor amargo de las hierbas de la pascua sino el dulce de sentirse importantes.
Pero el carpintero dice que no lo son… no son importantes a los ojos del mundo, nunca lo serán. Sus nombres y sus vidas pasarán al olvido y se les convertirá en seres sobrenaturales llamados Santos, que en tan poco se parecen a los hombres y mujeres que atiborran los transmilenios para llegar al trabajo a tiempo. No serán importantes porque no fueron llamados para serlo. Ni importantes, ni ricos, ni aclamados por la audiencia. A partir de esta noche se les descifrará la verdadera esencia del dios que está por salir de detrás del velo del templo… y cuando salga, como siempre que dios sale, nadie va a creer que de veras ése es él. Ni siquiera ellos lo creerán de inmediato.
Los amigos del carpintero comienzan a disculparse… “se me quedó la alforja, ya los alcanzo”, “tengo que ir a hacer una vuelta a Betania, nos vemos mañana”, “voy a recoger una plata que me tienen unos manes allí cerca del templo, si algo les caigo al huerto”… y el carpintero huele el penetrante y repulsivo aroma de la soledad forzada, se pone de rodillas y sabe que pase lo que pase, ya está solo. Los corazones de sus amigos se han llenado de cobardía, o de pretensiones, o de argumentos. (¿No es lo peor cuando el corazón de los amigos se llena de argumentos para no estar?) La noche termina en una celda, azotado y solo, humillado y solo, condenado y solo, tentado y solo, determinado y solo.
El mismo hombre que reza dentro de la celda hace unas horas dejó todo lo que él mismo era en manos de los que ahora lo abandonan. El hombre que dice “ahí están ellos, pregúntenles…” es el hombre que ellos niegan jurando: “no lo conozco” El hombre que pasa la noche en vela y de rodillas buscando que su voz llegue hasta detrás del velo del templo, es el mismo hombre que dejó en el pan su corazón y en el vino su vida misma. A ese hombre hemos venido a escuchar y ver en esta noche. Noche de jueves santo, noche de amigos, noche de radicalidad, noche de pactos, noche de decidir si vamos a estar resguardados en la casa de Marta y María o si vamos a estar en la celda pidiendo tener la fuerza suficiente para no desfallecer cuando llegue la hora. La noche del carpintero comenzó rodeado de sus amigos, y terminó rodeado de los fríos muros de un calabozo inmerecido sin más compañía que las sombras que a ningún hombre dejan de intimidar en ciertos momentos.
Amigo carpintero… huelo desde aquí el olor de tu sangre y tus lágrimas, toma mi pan, y mi vino, y hazme compañero de tu celda en esta bendita noche de amor invencible.
El carpintero ha llegado a este día rodeado de amenazas y evadiendo pedradas. De alguna manera lo ha rodeado esa porción de humanidad que le ha creído. El día más importante del año ha llegado y no hay nada mejor que poder celebrarlo con los que han estado junto a uno en las pruebas. Son, de alguna manera, molestos esos que se aparecen en las fechas especiales y que no tienen en realidad nada que ver con uno. Los amigos están en la casa, están los alimentos y están las canciones en la boca de todos. “Echó a la mar los carros del faraón” y “que digan los israelitas: su amor eterno es”… o más exactamente “mijhamojha ba’elim adonai, mijhamojha nedar bar’kodesh, norah tejillot, oseh pfeleh” (quién cómo tú Señor entre los dioses, quién como tú señor, grande en santidad, hacedor de prodigios, y creador de las maravillas, quién como tú)… Mientras Moisés toma el cayado y sale de Egipto, el carpintero se ciñe una toalla y lava los pies de los discípulos, toma el pan y lo parte, toma el vino y lo entrega, por todo da gracias. Y habla…
Palabras más profundas y llenas de verdad jamás oí. Palabras más poderosas no han sido pronunciadas. “Crean también en mí. Ustedes son mis amigos. No los llamo siervos, sino amigos. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos… quiero que su alegría sea completa” las miradas de los amigos recorren el lugar sin ver las paredes, las miradas atraviesan los muros y vuelven a los caminos, los valles, las montañas, las casas, las plazas, los lugares en donde les estalló la dicha en las manos con los nuevos ojos del ciego, la nueva piel de los leprosos, la nueva vida del pequeño de Naím, el nuevo vientre de la mujer enferma, los bolsillos nuevos de Zaqueo y el olor nuevo de los amaneceres de Lázaro. Huelen un aroma de victoria y ya no tienen en la boca el sabor amargo de las hierbas de la pascua sino el dulce de sentirse importantes.
Pero el carpintero dice que no lo son… no son importantes a los ojos del mundo, nunca lo serán. Sus nombres y sus vidas pasarán al olvido y se les convertirá en seres sobrenaturales llamados Santos, que en tan poco se parecen a los hombres y mujeres que atiborran los transmilenios para llegar al trabajo a tiempo. No serán importantes porque no fueron llamados para serlo. Ni importantes, ni ricos, ni aclamados por la audiencia. A partir de esta noche se les descifrará la verdadera esencia del dios que está por salir de detrás del velo del templo… y cuando salga, como siempre que dios sale, nadie va a creer que de veras ése es él. Ni siquiera ellos lo creerán de inmediato.
Los amigos del carpintero comienzan a disculparse… “se me quedó la alforja, ya los alcanzo”, “tengo que ir a hacer una vuelta a Betania, nos vemos mañana”, “voy a recoger una plata que me tienen unos manes allí cerca del templo, si algo les caigo al huerto”… y el carpintero huele el penetrante y repulsivo aroma de la soledad forzada, se pone de rodillas y sabe que pase lo que pase, ya está solo. Los corazones de sus amigos se han llenado de cobardía, o de pretensiones, o de argumentos. (¿No es lo peor cuando el corazón de los amigos se llena de argumentos para no estar?) La noche termina en una celda, azotado y solo, humillado y solo, condenado y solo, tentado y solo, determinado y solo.
El mismo hombre que reza dentro de la celda hace unas horas dejó todo lo que él mismo era en manos de los que ahora lo abandonan. El hombre que dice “ahí están ellos, pregúntenles…” es el hombre que ellos niegan jurando: “no lo conozco” El hombre que pasa la noche en vela y de rodillas buscando que su voz llegue hasta detrás del velo del templo, es el mismo hombre que dejó en el pan su corazón y en el vino su vida misma. A ese hombre hemos venido a escuchar y ver en esta noche. Noche de jueves santo, noche de amigos, noche de radicalidad, noche de pactos, noche de decidir si vamos a estar resguardados en la casa de Marta y María o si vamos a estar en la celda pidiendo tener la fuerza suficiente para no desfallecer cuando llegue la hora. La noche del carpintero comenzó rodeado de sus amigos, y terminó rodeado de los fríos muros de un calabozo inmerecido sin más compañía que las sombras que a ningún hombre dejan de intimidar en ciertos momentos.
Amigo carpintero… huelo desde aquí el olor de tu sangre y tus lágrimas, toma mi pan, y mi vino, y hazme compañero de tu celda en esta bendita noche de amor invencible.
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