Viernes Santo

Besaba la cruz en la capilla de la Clínica Nueva en Bogotá, un viernes santo del 2001… a la mañana siguiente moría uno de mis mejores amigos en el mundo… besaba de nuevo la cruz.



Viernes, 7 de abril del año 30, el carpintero vive un patético juicio, le echan la vida a suertes con un verdadero delincuente, como si fuera procesado por ley de justicia y paz el tipejo sale campante del palacio de Pilato, y el inocente carpintero espera su sentencia de muerte. No quiere morir, nadie quiere morir y menos en los 30 que dicen ser tan prometedores, no quiere cerrar los ojos tan pronto… había tanto por hacer, tantos sitios, tanta gente, tantos enfermos, tanto dolor… y parece que ahora todo ese dolor y toda esa enfermedad y toda la muerte estuvieran sobre sus hombros en los pesados troncos que formarán su cruz.


Todas las muertes tienen algo deprimente, porque la muerte es una exposición irreverente de nuestra debilidad, de nuestra fragilidad, es una bofetada de la vida diciéndonos que no somos invencibles. No es que eso sea malo, es que a nadie le gusta. Por eso esta parece ser una muerte aún más deprimente. Porque se muere ese que creemos invencible, ese que nos negamos a pensar que es frágil, ese que por ninguna parte parece débil: dios. Porque vamos…! Jesús era dios o no? Eso decimos creer, y entonces en el Gólgota se nos llevan la vida y a su autor.


Las manos del carpintero ya no pueden hacer nada, no pueden hacer una silla, ni una pared, ni pueden limpiar una lágrima, ni pueden sanar un leproso… las manos del carpintero, que no eran más que una extensión de su corazón, se han vuelto inútiles. Y así su voz, sus ojos, sus pies, sus rodillas, su rota frente. Queda sólo el corazón agonizante del carpintero y ese corazón se juró no descansar hasta arrancar del mundo el sufrimiento del hombre como si fuera una mala hierba, de esas que no dejan crecer las semillas. Ese corazón renunció a tener cosas para poder pertenecerle al ser humano, ese corazón dejó atrás una familia, una novia, unos buenos vinos y una carrera como escriba o albañil, porque salvar era urgente, porque todo podía esperar, menos las lágrimas de la puta, o de la viuda, o de la niña muerta. Ese corazón no se traicionó jamás, ese corazón llegó a este momento con tal entrenamiento que no había posibilidad de derrumbarse a última hora, desfallecer no es una posibilidad para este corazón. Sin embargo muere. Porque lo matan.


Y dios rompe el velo y sale, atraviesa el infinito que él mismo creó en un grito de incomprensión absoluto, porque todo lo de dios es absoluto dicen los teólogos. He aquí la creación del hombre, el hombre ha creado el odio, y odiando se ha hecho una fortaleza y se ha comprado un par de Audis para demostrar la grandeza de su estupidez. Y dios no entiende.


Pero por otro lado, porque toda historia tiene una cara oculta, la cruz clavada en la tierra fue bañada en sangre, y esa sangre llegó al interior de la tierra árida de Judá que dios había creado en ese tercer día de la primera semana. Y la tierra fue fecundada con la sangre del carpintero en ese viernes, cuando todo parecía perecer, porque dios, el dios de Jesús, el de Moisés, el de Abraham, el de Francisco, el de Leonidas, ese dios jamás se rinde.


El viernes santo no deja de ser un día de pensamientos encontrados, de sentimientos encontrados, de vidas encontradas, un viernes santo nació mi hija y un viernes santo me despedí de mi amigo, a quien no volví a ver con vida. Dejemos que se encuentren los sentimientos, que se encuentren los pensamientos, que se encuentren la vida y la muerte, porque en la cruz del calvario todo ha sido llamado a rendir cuentas, el que no se atreva a pensar o sentir por sí mismo será condenado al desperdicio de su mediocridad, el que se atreva a pensar y sentir aunque se equivoque podrá reclamar de la vida la cosecha de su siembra, y el que se entrene lo suficiente como para morir con un corazón inquebrantable, verá su sangre fecundar la tierra, y quizá… sea literalmente eso de volver a ver.


Crucificado carpintero, paz en tu sepulcro. No viviste en vano, míranos hoy aquí.

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