Nunca Más (Con ocasión de la presentación del libro 'La Iglesia que me tocó)
Buen dios, que inundas nuestro corazón con tu confianza en que podemos hacer presente tu reino en medio de nosotros, haciendo posible cuidarnos mutuamente las heridas hasta que sanen, rescatar lo que hemos dado por perdido hasta que recupere todo su valor y su vitalidad, encontrar el alma intacta, sana y milagrosa que cada persona lleva dentro; en este momento juntamos los corazones para agradecerte, pedirte y alabarte:
Gracias por instalar en nosotros un detector de cosas que no están bien. Por hacernos capaces de reconocer cuando algo dentro o alrededor no está funcionando como debería, por esas reacciones tan humanas que nos da el saber que hay algo fallando que necesita ser arreglado.
Gracias por dotarnos de un localizador de personas que también tienen ganas e ideas para reparar el mundo, por ponernos cerca de quienes tampoco pueden seguir de largo ante las cosas que necesitan ser cambiadas.
Gracias por tener suficiente espacio en las entrañas para que nos importe lo que no nos está pasando a nosotros, por cada momento en que nos damos permiso de recibir el impacto de otras vidas, otras alegrías, otros duelos, otras victorias, otras heridas, porque solo entonces nos convertimos en seres auténticamente humanos.
Gracias por estar junto a nuestro corazón, pegadito a nuestro centro, porque nunca caminamos en soledad, ni en abandono, porque todo lo que intentamos o logramos es sostenido por tu fuerza, es inspirado por tu bondad, es completado con tu amor.
Te pedimos que llames de mil formas distintas nuestra atención cada vez que nos distraigan esas cosas que nos hacen dudar de quienes somos, y de lo enorme que es nuestro papel en la historia. Y que nos sea siempre fácil recordar para qué despertamos cada mañana, y con qué anhelo nos dormimos en la noche.
Te pedimos que siempre podamos notar nuestras aristas afiladas, para que hagamos todo lo posible por no herir a quienes pasan a nuestro lado con eso que todavía no hemos podido aprender, cambiar, o deshacer; y que las personas que amamos se encuentren siempre con lo más genuino que has puesto en nuestro pecho.
Te pedimos que arranques de nosotros todo conformismo, toda resignación, toda tendencia a que sean otros los que reparen esta iglesia tuya, para que jamás nos quedemos esperando que alguien nos traiga lo que hace tanto tiempo tú has puesto en nuestras manos.
Bendito seas, Señor, que insistes sin rendirte por nuestra libertad, que no pierdes de vista nuestros pasos, y que cada día nos repites que nos quieres viviendo y amando exageradamente.
Bendito seas, Señor, que evitas quedarte atrapado en nuestras costumbres, que huyes de nuestras repeticiones y nos muestras cada tanto un amor nuevo, una cara nueva, algo que no habíamos imaginado que podías ser, invitándonos así a hacer también nuevas todas las cosas.
Bendito seas, Señor, que eres el final de todo dolor, de toda angustia, de toda crueldad, de todo daño, porque en ti se funden los sufrimientos y aparecen todas las cosas invencibles de la existencia: eres nuestra paz, nuestra llegada, la certeza de que todo puede sanar y nada se pierde para siempre en el rencor.
Bendito, por siempre bendito seas, Señor, por incrustar en nuestro suelo las huellas de Jesús, nuestro hermano, tu respuesta. En su voz, su memoria y su presencia entre nosotros cada vez que nos amamos, aparece en nuestro bolsillo el tiquete a una primavera permanente, a una fiesta resucitada, a una vida sin el menor recuerdo de lo que alguna vez fue el miedo.
Amén.
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